Hace unos días escuché un fragmento de la charla de un arquitecto por Instagram. No anoté el nombre y, por tanto, no puedo dar señas concretas de este fragmento.
Argumentaba este arquitecto que, tras la inauguración del museo de Bilbao a finales de 1997, se abrió en España una época en la que la arquitectura se caracterizaba por el exceso. Aparte del propio museo Guggenheim de Bilbao, señalaba la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, las Setas de Sevilla, la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela y, en Zaragoza, tanto la Torre del Agua como el Pabellón Puente.
A su modo de ver, eran edificios excesivos, carísimos, extravagantes y de dudosa funcionalidad. El resumen: la arquitectura en España desde 1997 había entrado en una etapa demencial que debía ser revertida.
El argumento era celebrado por muchas personas que, en su mayoría, supongo que serían arquitectos.
El argumento era celebrado por muchas personas que, en su mayoría, supongo que serían arquitectos.
Decía Schopenhauer que el hombre y la naturaleza se movían principalmente por la Necesidad.
Nietzsche, unos años después, planteaba que existe un impulso en el ser humano que le empuja a tratar de ir más allá de la Necesidad, a desarrollar sus capacidades, a expresarse, a buscar sus límites.
Nietzsche, unos años después, planteaba que existe un impulso en el ser humano que le empuja a tratar de ir más allá de la Necesidad, a desarrollar sus capacidades, a expresarse, a buscar sus límites.
En España, los años 80 están marcados por la transición y por la vocación de pasar página del tardofranquismo.
España entra primero en la OTAN y posteriormente en la CEE.
Pero es en 1992, con las Olimpiadas de Barcelona, la Exposición Universal en Sevilla y el AVE, cuando definitivamente España se quita el estigma del franquismo y se atreve a mirar de frente hacia el futuro, despojándose de los lastres del pasado.
España entra primero en la OTAN y posteriormente en la CEE.
Pero es en 1992, con las Olimpiadas de Barcelona, la Exposición Universal en Sevilla y el AVE, cuando definitivamente España se quita el estigma del franquismo y se atreve a mirar de frente hacia el futuro, despojándose de los lastres del pasado.
Se abre una época de ilusión en la que casi todas las ciudades españolas, como explicaba Nietzsche, quieren ir más allá de la pura necesidad y pretenden desarrollarse en todos los sentidos: expansión urbana, nuevas viviendas, espacios públicos, equipamientos deportivos, culturales, sanitarios… Muchos de estos edificios se plantean desde concursos de arquitectura, para tratar de conseguir los mejores proyectos posibles.
Si comparamos las ciudades españolas de los años 80, reflejadas en series como Cuéntame o en el Madrid de Germán Areta, con las que se van planteando a partir de 1992, el cambio en la arquitectura, como decía el compañero arquitecto, es absoluto.
Pero no creo que sea para peor, sino todo lo contrario.
Pero no creo que sea para peor, sino todo lo contrario.
Por seguir el hilo de sus ejemplos, el Bilbao de los 80 era una ciudad deprimida y gris y posteriormente se convirtió en una de las ciudades más conocidas a nivel mundial. Valencia, Sevilla, Zaragoza, San Sebastián, Madrid, Málaga, Vitoria y, cada una en sus posibilidades, se desarrollaron tratando de hacer los espacios lo mejor posible.
En mi entorno cercano, por ejemplo, en Calvià, donde vivo, se plantearon paseos verdes que enlazaban los diferentes núcleos, se generaron nuevas playas, equipamientos de todo tipo, bulevares peatonales, se derribaron hoteles que perjudicaban el espacio urbano… y todo ello en clave verde, pasando de ser entornos turísticos masificados a recibir premios europeos a la sostenibilidad.
Por supuesto que en ese camino ha habido aciertos y errores, pero el balance, creo, no solo es positivo: es casi un milagro por comparación.
Lejos de criticar la arquitectura que se ha hecho en España desde 1992, a mí me parece lícito, positivo e incluso inspirador ese camino.
Frente al movimiento por pura necesidad que indicaba Schopenhauer, el espíritu que te lleva a ir más allá que señalaba Nietzsche.
Lejos de criticar la arquitectura que se ha hecho en España desde 1992, a mí me parece lícito, positivo e incluso inspirador ese camino.
Frente al movimiento por pura necesidad que indicaba Schopenhauer, el espíritu que te lleva a ir más allá que señalaba Nietzsche.
Quizás el compañero arquitecto podría argumentar:
—Pero, ¿es necesario ese tratar de ir más allá?
—Pero, ¿es necesario ese tratar de ir más allá?
Para responder a esta cuestión me vienen al recuerdo algunas frases de Louis I. Kahn:
“El hombre, cuando aspira a ir más allá de la funcionalidad, siempre consigue maravillas. Aquí (baños de Caracalla) hubo la voluntad de construir una estructura abovedada de treinta metros y medio de alto donde los hombres pudieran bañarse. Con dos metros y medio habría bastado. Incluso en ruinas es una maravilla.”
En la película Una proposición indecente, un joven arquitecto interpretado por Woody Harrelson da una charla a sus alumnos:
“Louis Kahn decía que hasta un simple ladrillo aspira a ser algo más que un ladrillo”.
Las pirámides quieren ser más que una simple tumba.
La Acrópolis y el Partenón griegos, y el Panteón romano, quieren ser más que un lugar de ofrendas a los dioses.
La Alhambra es más que una residencia.
Las catedrales góticas van más allá de la necesidad de un espacio donde reunirse a orar.
San Pedro, los palacios renacentistas, el Taj Mahal, las estaciones de tren del XIX, los rascacielos en el siglo XX, etc. Todas las obras que admiramos intentan ir más allá de la funcionalidad.
La Acrópolis y el Partenón griegos, y el Panteón romano, quieren ser más que un lugar de ofrendas a los dioses.
La Alhambra es más que una residencia.
Las catedrales góticas van más allá de la necesidad de un espacio donde reunirse a orar.
San Pedro, los palacios renacentistas, el Taj Mahal, las estaciones de tren del XIX, los rascacielos en el siglo XX, etc. Todas las obras que admiramos intentan ir más allá de la funcionalidad.
Incluso en civilizaciones como la japonesa de la era Edo, donde en principio todo responde a la función, la manera de trabajar la madera, la arquitectura, los jardines, los tejidos, el papel, las espadas, la comida… todo va más allá de lo puramente funcional y conectamos con ese espíritu.
Es el espíritu que llevó a Shackleton a tratar de cruzar navegando la Antártida, a Hillary a subir el Everest, a Colón a tratar de descubrir nuevas rutas hacia la India, a Van Gogh o Modigliani a pintar pese a las penurias.
No se pueden explicar las acciones del hombre simplemente desde la necesidad.
No se pueden explicar las acciones del hombre simplemente desde la necesidad.
Fernando Pessoa escribía:
“¿Por qué es bello el arte? Porque es inútil. ¿Por qué es fea la vida? Porque es toda fines y propósitos e intenciones. Todos sus caminos son para ir de un punto al otro. Ojalá hubiera un camino hecho desde un lugar del que nadie parte a un lugar al que nadie va.”
El arquitecto que daba la charla criticaba el espíritu de esa arquitectura que trataba de ir más allá de lo puramente funcional. Como decía antes, quizás preguntaría de nuevo:
—Pero, ¿es necesario ese tratar de ir más allá?
—Pero, ¿es necesario ese tratar de ir más allá?
Mi respuesta sería: no, no es necesario, y por eso es Necesario.
De la necesidad de Schopenhauer a la Necesidad de Nietzsche.
Václav Havel dijo:
“La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.”
Más allá del resultado y de algunos errores, mi certeza es que tiene todo el sentido el espíritu de esas ciudades que tratan de sacar la mejor versión de sí mismas.
Mi certeza es que el sentido está del lado del Quijote, no del lado de Sancho. Pero quizás hay que aprender a volar, o no olvidarlo, para poderlo ver.
Mi certeza es que el sentido está del lado del Quijote, no del lado de Sancho. Pero quizás hay que aprender a volar, o no olvidarlo, para poderlo ver.